"La libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en hacer lo que se debe. "
Ramón de Campoamor
   
   

El gobierno sigue de vacaciones.

Desde que ganase las elecciones y una crisis largamente ocultada y negada hasta la saciedad empezase a golpear brutalmente a los ciudadanos, la actitud suicida del gobierno Zapatero se ha basado en la inoperancia y en el golpe de efecto. Que no se ha hecho nada en materia económica desde hace mucho tiempo es algo que hasta el más despreocupado ciudadano ha podido percibir, y que se refleja claramente en una encuesta que revela que el Gobierno sólo consigue un 3'8 sobre 10 en confianza de la ciudadanía para remontar la crisis. Esa misma encuesta arroja unos datos escalofriantes, ya que cifra en casi un 40% el porcentaje de españoles que creen que la crisis empeorará en los próximos tiempos.

Si antes de las elecciones la economía española era de Champions, según decían algunos, hoy es un barco a la deriva.

La ya manida crisis se ha afrontado en España por fases. La primera se basó en la negación. No importaban ni datos ni estadísticas,  pues estos parámetros siempre se acaban plegando a la voluntad del Presidente –o eso cree él-.  En una segunda fase se pasó a un tibio pero progresivo reconocimiento de la evidencia, aunque parece que la falta de economistas competentes en Moncloa, y pese al escandaloso número de asesores que por allí medran, llevó a Zapatero a pensar que si esperaba lo suficiente la situación mejoraría por sí misma. La tercera fase llegó con las grandilocuentes declaraciones y con las medidas económicas –más bien parches- cuya única finalidad es convencer a los ciudadanos de que se hace algo. El Plan E es el más claro ejemplo. Y así nos va.

La economía española no deja de caer. A veces más, y a veces menos. EL Gobierno encara los malos datos diciendo que no son tan malos: siempre podrían haber sido peores. ¿Alguien recuerda aquellos circunloquios del crecimiento negativo, la desaceleración y demás? Pero seguimos afrontando una tormenta en una cáscara de nuez. Y eso es así porque el capitán no supo o no quiso ver las señales que la anunciaban y luego no dotó al pecio de los elementos esenciales mínimos para resistirla.

La última ocurrencia es toda una declaración de intenciones. ¿Va el Gobierno a incidir de una vez por todas en la modificación de un marco laboral caduco y decimonónico y sentar las bases para que los españoles recuperen sus puestos de trabajo? En modo alguno.

En todo caso va a extender las ayudas a los parados durante seis meses, dándoles unos 400 euros (¿qué extraño vínculo tendrá Zapatero con el número 400?) ¿Ayuda eso a recuperar la economía? Evidentemente no: la trampa es que esa ayuda implica, ni más menos, que esos parados dejen de constar como tales, pues la ayuda se vincula a entrar en algún proceso indefinido de formación. Una vez más cortinas de humo, camuflaje para esconder la incompetencia.Y para redondear el asunto, resulta que se establece un critero temporal para poder solicitar la ayuda. En un ejercicio de funanbulismo ridículo, sólo cobrarán aquellos que terminen sus contratos en fecha posterior al 1 de agosto. A los que hace meses que no cobran nada... que les zurzan. Zapatero acaba de inventar los parados de primera y los de segunda.

Alguien en Ferraz debe pensar que los trabajadores de este país no tienen demasiadas luces, más allá de las que regala Sebastián con nuestro dinero. Envuelto en el manto del socialismo más rancio y ramplón, y apoyado por unos sindicatos entregados y sumisos a los que nadie ve protestando por la situación económica, sólo se le ocurre al Gobierno un responsable: el presidente de la CEOE, Díaz Ferrán. En otras palabras: no se puede llevar la contraria a Zapatero.

Se acaba el verano. Todo presagia que el otoño va a ser duro, muy duro. Alcanzaremos cifras de paro escandalosas que lo serán menos gracias a los parados fantasma, aquellos que deberán subsistir con 400 euros. Y la última broma: la Ley de Economía Sostenible, ese engendro que Zapatero no sabe cómo abordar, tal y como se ha constatado mediante la lectura de un correo interno que anuncia que dicha ley de publicarse el 31 de diciembre de 2009 y, dado que el calendario es tan apretado, se hagan propuestas que no exijan informes preceptivo o del Consejo de Estado, y se pide un esfuerzo de imaginación. La frase final es demoledora:  «Cualquier duda, me preguntáis y casi seguro que no tendré respuesta, pero me encargaré de buscarla». Se supone que esta Ley ha de poner los cimientos de un nuevo modelo productivo y se prepara se esta forma tan frívola y despreocupada.

Este es nuestro Gobierno, de vacaciones… permanentes.

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